Ostracismo
No sé muy bien cómo pero un buen día me encontré apolillado entre las cortinas de mi dormitorio, bajo las mantas de mi cama de metro ochenta. Esto duró unas cinco semanas, quizás seis. Perdí la noción de la realidad y sin embargo, nunca estuve más cerca de la verdad, de la implacable verdad de las cosas. Sin una maldita radio que me dijera qué pasaba ahí fuera, así estuve todo ese tiempo, ignorando el mundo exterior que aun así se introducía a través de un universo sonoro compuesto por sirenas de ambulancias, pitos de coches y murmullos; monótonos y sordos murmullos de gentes, pájaros y motores. Pese a la oscuridad que me envolvía, conseguí tener una perfecta consciencia de la evolución del día, sin la exactitud de un contador de segundos pero con la precisión suficiente para saber cuando era mañana, tarde, noche o madrugada; teniendo como únicos referentes el reloj biológico y la luz que se introducía a través de las rendijas de la persiana y a su vez, los diferentes tipos de sombras que proyectaba en las paredes. Pero no. Perdí la cuenta. No sé de verdad cuantos días transcurrieron. En los dos o tres primeros, recuerdo que viajaba a la cocina como quien baja a hacer la compra pero acabé instalando la nevera dentro del cuarto. Me alimenté de fruta y galletas y bebí agua y leche y fumé, fumé mucho, tenía tabaco para matar dos vidas más. El teléfono no sonó en todo este tiempo, bueno, perdón, ¡miento! Sonó una vez, al octavo o décimo día, no recuerdo. Atendí la llamada, alguien me preguntó: “Hola, perdona ¿me llamaste tú ayer? Tengo una llamada pero no reconozco el número.” Le respondí: “No, no fui yo pero ¿como te llamas? te has debido de equivocar” Ella dijo: "Siento la confusión. Perdone las molestias. Adiós. Esperanza."
No sonó en todo ese tiempo salvando esta fática anécdota. Voy acabando. Un mal día me quedé sin víveres, así que me duché, me afeité, no me corté el pelo, al verme en el espejo me gustó cómo lo llevaba de largo, me gusta largo, me creció en ese tiempo más de lo que me esperaba. Me vestí elegante, con traje, tuve la misma sensación de cuando voy a acudir a un acto público o ceremonia y por último, me puse las gafas de sol, sabedor del daño que me iba a hacer la luz. Y salí.
Esto es todo.
- ¿No tiene nada más que declarar?
- No.
- ¿Y las dos mujeres muertas que encontraron en el salón de su domicilio?
- De verdad, no sé de qué me está hablando.
Veredicto: CULPABLE.
Creo que la cárcel será un lugar perfecto para salir de las sombras.
No sonó en todo ese tiempo salvando esta fática anécdota. Voy acabando. Un mal día me quedé sin víveres, así que me duché, me afeité, no me corté el pelo, al verme en el espejo me gustó cómo lo llevaba de largo, me gusta largo, me creció en ese tiempo más de lo que me esperaba. Me vestí elegante, con traje, tuve la misma sensación de cuando voy a acudir a un acto público o ceremonia y por último, me puse las gafas de sol, sabedor del daño que me iba a hacer la luz. Y salí.
Esto es todo.
- ¿No tiene nada más que declarar?
- No.
- ¿Y las dos mujeres muertas que encontraron en el salón de su domicilio?
- De verdad, no sé de qué me está hablando.
Veredicto: CULPABLE.
Creo que la cárcel será un lugar perfecto para salir de las sombras.

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